Sócrates, un enemigo del relativismo moral

En anteriores entradas habíamos mencionado que un punto clave para entender el pensamiento sofista general era el del convencionalismo que prácticaban dichos pensadores.

Para ellos no había unas reglas fijas por las que todo hombre debía regirse, dichas supuestas leyes universales no eran válidas, pues cada hombre, cada región o ciudad elegiría y pactaría sus propias leyes y normas morales.

A Sócrates todo esto le parecía un poco confuso. ¿Cómo cada persona o ciudad podría imponer sus propias leyes? ¿Estas leyes no deberían basarse en la justicia, en lo malo o bueno de cada circunstancia?

Si cada uno de nosotros tuviéramos nuestro concepto de justicia ¿Podríamos entendernos con nuestros vecinos? Si para alguien lo bueno, o el significado de lo bueno difiere de su amigo o conciudadano. ¿Cómo podrían ponerse de acuerdo para organizar una ciudad?

No podía ser. Lo bueno, lo malo o lo justo son valores universales y tendrán el mismo significado para unos como para otros. Sócrates dedicó su vida a extraer dichos conceptos de bondad, justicia y demás valores cívicos. Quiso definirlos con absoluta precisión y utilizó el lenguaje para imponer los significados de estos valores sociales a toda la sociedad.

Tengo la impresión que la actitud sofista del relativismo le causaba a Sócrates una impresión cobarde, pues no dedicaban sus esfuerzos a conocer la verdad inmóvil y quieta de la justicia o del bien.

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