Animado por mis últimas vacaciones en Budapest y Praga me decidí a leer al autor checo Franz Kafka de nuevo. Hace unos años había leido la impresionante Metamorfosis que menos indiferente me produjo una plétora de sentimientos.
El proceso es un libro espeso, sesudo y lento. No se pueden leer más de diez páginas seguidas pues se requiere de postre una profunda reflexión. A veces no entra en raciocinio dentro de la meditación posterior, sino una lucha contra un sentimiento de agobio que ocupa esta novela inacabada.
Imagínense que un día llegan a tu acomodada casa dos guardianes dispuestos a arrestarte sin cargo alguno, al menos que tu puedas saber. Durante el proceso no sirven los insulsos abogados perdidos en memorandos que el juez nunca leerá, o que no son influyentes en el veredicto. No hay escapatoría a un proceso, y lo mejor que te puede pasar es alargarlo hasta tu muerte.
Un alegato contra la indefensión del individuo contra el aparato del Estado. Al leer te sientes atrapado en una especia de jaula burocrática, y llegas a desear morir antes de luchar contra un proceso infinito.
Existen matices anárquicos y antitotalitarios. Kafka deja entrever su universo íntimo en expresiones detallistas. Su biografía supura como una herida que estrangula la presión de la familia y su reputación.
No es un libro para el entretenimiento, por lo que no lo cojas para pasarlo bien. Pero si quieres algo para reflexionar y vivir un momentos de intensa angustía y deseos de tirar el libro y afirmar que eso no me va a pasar a mí… tómalo y atrévete.
Juzga si a veces estamos en esta jaula de justicia inaccesible, de impotencia, de funcionarios asépticos pero bien educados que no dudarán en desmoralizarte con sonrisas forzadas.
