Uno de los descubridores de la teoría de la evolución, Darwin, nació hace 200 años. Junto con Wallace, revolucionaron el ámbito científico en su tiempo. Vilipendiado, caricaturizado e insultado, ayer y hoy, su propuesta, para muchos indiscutible, sigue vigente con algunas modificaciones.
Para mi no hay herramienta más perfecta que la evolución natural. La adaptación evolutiva no es sólo una teoría más, yo creo que podría ser demostrada con bases racionales en vez de empíricas. Tal es su fuerza y belleza que para mí es la teoría natural más importante del mundo.
Universal y aplicable a cualquier campo. Darwin, inspirado por teorías más antiguas, como la del militar español Félix de Azara, removió las estructuras teológicas de su siglo. La simplicidad y las pruebas obtenidas fue un disparo a quemarropa contra los fundamentalistas religiosos. Una bandera que hoy, no son pocos, quieren quemar.
Creacionistas de diversa índole, hacen campaña contra la luz científica, luz que no ciega si no muestra un camino indiscutible, tan verdad como la duda misma. Una teoría que será ley, una teoría capaz de aliviar el desasosiego de los que les da vértigo tanta complejidad.
La teoría de la evolución es la herramienta imprencindible, la poción mágica que hace posible la vida. Esta misma vida compleja y ordenada, extraña para un Universo que tiende al caos.
Hace 200 años nació un hombre incompredido, un faro que mostró la belleza de una mecánica perfecta, de una fábrica hecha de tiempo y genes mutantes. Una idea tan brillante como el milagro de la vida. Necesaria como el Big Bang.

