Cuando el historiador griego Herodoto visitó el antiguo Egipto, quedó maravillado con la multitud de dioses que veneraban los egipcios. Herodoto describió al antiguo Egipto como el más religioso que jamás había conocido. No es de extrañar que le llamaran el país de los mil dioses.
Como hemos dicho, los egipcios veneraban a una plétora de dioses. Nos parecería exagerado ver hoy en día, en cualquier edificio público y privado imágenes religiosas en cada rincón. En el antiguo Egipto había representaciones religiosas en cada esquina de las diferentes deidades que rendían culto. Los templos estaban saturados de representaciones pictóricas o de cualquir otro tipo de los dioses. Incluso cuando las paredes eran escasas, apretujaban las figuras para que pudieran entrar.
Aparte de las divinidades nativas de los egipcios, que eran muchas, incorporaban sin ningún reparo otras extranjeras a las que rendir culto con la misma actitud ferviente. Ni que decir tiene que fueron unos estupendos exportadores de dioses al mundo antiguo. En realidad tal cantidad de dioses no tenía una estructura organizativa, ni siquiera una jerarquía.
Es curioso que cuando vamos a los templos antiguos de Egipto y vemos las inumerables representaciones de los dioses, no nos demos cuenta que en realidad, acerca de sus mitos sabemos muy poco. Los expertos concluyen que era más importante el culto de las divinidades que los propios mitos. Si el país crecía, era porque el culto a los dioses era suficientemente bueno. El culto era una actividad casi en exclusiva de los faraones y sacerdotes, que los hacían dentro de los templos o en procesiones por las ciudades o sobre el Nilo. El pueblo participaba en menor medida, pues eran meros expectadores de los ritos.
