El ingenio de Leonardo Da Vinci es insuperable. No sólo brilló en las artes pictóricas, en las matemáticas o en las ciencias aplicadas, su conocimiento y brillantez se hicieron un hueco en la ingeniería, tanto naval, militar, mecánica etc. Pude comprobar, en la exposición sobre Leonardo Da Vinci que visité en mi ciudad, que se atrevió a diseñar lo que sería un autómata.
Cuando era joven, a Leonardo le fascinaban los autómatas descritos en la literatura clásica (Hómero y Píndaro). En su primera estancia en Milán, estudió detenidamente la anatomía humana llegando a la conclusión de que nuestro esqueleto era una combinación perfecta de palancas y contrapalancas que, con toda seguridad, se podía emular diseñando un robot. Dicho diseño podría imitar los movimientos humanos con un juego de poleas y cuerdas. Flexionar y distender los miembros humanos serían equivalentes a la tensión o relajamiento de las cuerdas de su innovador diseño.
Su autómata programable se asemejaba a un caballero con armadura, pudiendo mover las extremidades inferiores y superiores, al igual que la cabeza, mediante automatismos internos.
