La política pierde peso una vez que en los países democráticos han establecido unos mínimos derechos y libertades. La política tenía una razón de ser esencial, la conquista de derechos y deberes, un combate argumental que derivaba en la aceptación de tesis para convertilas en verdades.
Si bien nuestra política acepta la democracia como mejor sistema de convivencia, este anclamiento y aceptación del sistema, lleva a una evidente desvirtualización de la política como tal. No hay demasiadas diferencias entre las ideas de unos y de otros, pues están de acuerdo en la mayoría de las cosas que son verdad (Igualdad, Libertad, Solidaridad, etcétera).
Somo testigos de un combate encarnizado por el poder, y no por las ideas, puesto que no las hay o están aceptadas por la mayoría, el objetivo es alcanzar el estatus de gobernante, una vuelta al sofismo o retórica para alcanzar el poder. Si antes los sofistas apelaban al engaño o retórica para alcanzar sus objetivos, ya que no veían una respuesta pero sí observaban una multitud de tesis, diferentes entre sí, que explicaban la naturaleza o el hombre, en la actualidad hemos vuelto a dicha retórica pero ésta vez no por el cansacio de encontrar unas leyes justas que nos gobiernen, si no que estas leyes justas han sido reveladas, y no podemos defenderlas puesto que ya fueron defendidas por nuestros antepasados. La única solución son las piruetas argumentales y la retórica, y cuando no hay inteligencia, el insulto.
Nos encontramos ante un precipicio conformidad y edonismo, no buscamos un nuevo sistema político porque aceptamos el demócratico como el mejor. Los políticos no defienden ideas nuevas, la tercera vía murió muy rápido.
Auguro tres salidas: que una mente prodigiosa desvele un nuevo sistema político más avanzado y volvamos a mejorar, a subir escalones; que el cansancio de la democracia y las falsedades en las palabras (retórica e insultos) nos hagan decantarnos por fórmulas caducas, pero excitantes; y por último una sociedad decrépita, sin objetivos, débil moralmente, puesto que no hay nada que defender ni nuevo por lo que luchar, algo similar a una nueva caída del imperio romano.
